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La gran revolución tecnocomunicativa

A raíz del post “¿Está el blog en peligro de muerte?” que Javier Velilla publica en su blog, se me ocurre la siguiente reflexión, que ya le añadí como comentario, y que quiero compartir con vosotros…

Bloggear, emailear, encontrarse en Facebook, que te inviten a Twitter, que veas mis fotos en Flickr o subir el vídeo grabado con tu móvil a YouTube son nuevas formas de comunicación, nuevos modos de interrelación que están cambiando nuestro día a día… la web dinámica 2.0 frente al a estática y ¿muerta? html 1.0, lo que Javier Echeverría denomina el Tercer Entorno (el más allá del entorno natural y el urbano en el que nos desenvolvíamos antes de que las TIC irrumpieran en nuestras vidas y decidieran revolucionar todos nuestros hábitos)... ¿hasta dónde nos alcanzará la imaginación de los tecnólogos que desarrollan a velocidades de vértigo nuevos artilugios, gadgets, sistemas, herramientas, entornos, plataformas para la interacción entre nosotros, siempre mediados por máquinas con más y mejores dispositivos? Solo (y como siempre) el tiempo resolverá...

La impúdica mirada sobre el pensamiento ajeno

En un momento de extremado individualismo, cuando -por ejemplo- la música se consume en solitario, a través de los auriculares que aislan del resto, con tantos aparatos y sistemas que los nacidos en el último tercio del siglo pasado empezamos a sentir el vértigo de lo desconocido, en este extraño momento de soledad buscada, hallada, provocada, aquí está Internet para, a través de herramientas como el BLOG, abrirnos al ciberespacio en un eco atronador, como nunca el hombre sintió que alcanzaría su capacidad de expresión.


Cualquiera que entienda el idioma en el que se redactan las inquietudes, zozobras, intereses, aficiones o intrigas del que escribe, puede conocerlo en cualquier parte del vasto planeta azul... Una paradoja más en estos tiempos de cambio, donde se democratiza el acceso a las tecnologías, las mismas que nos invitan al individualismo, para librarnos del pudor en opinar, gritar a los cuatro vientos, lo que en conciencia -o en inconsciencia- sentimos.